lunes, 20 de diciembre de 2010

Muerte en el platanal

Angel Barriuso/ Cuento

Aquella mañana de octubre de 1977 amaneció lloviznando. Puerto Plata aparecía metida, cual forro, en neblinas. Y la extraña sensación de que la ciudad se borraba. Se tornó gris.
-¡Carajo, ahora está lloviendo!
-Tendremos que dejar las cosas para después, mi patrón.
-¡No, jamás! Hay que ir al platanal, hay que ver los becerros, tenemos mucho por hacer, y tengo que volver a la Capital.
-Pero mi patrón…
-¡Nada, hay que ir. Tenemos que trabajar!
La mujer gorda y alta, estaba ya, desde muy temprano en la mañanita, al lado del fogón. Hervía víveres, sofreía cebollas. Luego caminó hacia el canasto rebosado de pajillas, medio rebuscó hasta extraer varios huevos de gallina.
-¿Comemos huevos fritos o batidos?
-Comeremos huevos fritos. Para eso es la jodida cebolla, dijo el patrón.

Aún seguía la llovizna, y hacia el Atlántico se veía un nubarrón color lila, un cielo medio morado. La casa estaba construida sobre un pináculo.
-Jum, mi patrón. Ese cielo se va abrir en pedazos y habrá agua como hace mucho tiempo…
-Mira, ve, hijo, observa aquella vaca, en el corral, y aquella otra para ti. Tienen que cuidarlas.
Dos niños iban junto a su padre, don Samuel. Y Chepe, el peón de la absoluta confianza, no dejaba de hablar de la lluvia. Del aguacero que caería.
-¿Por qué, Chepe, no están ordeñando, quién tenía a su cargo achicar las vacas?
-Mi patrón, eso fue hecho como a la cinco, es que usted no se fijó bien. En la cocina estaban los bidones. Hoy usted está amanecío como guapo. ¿Qué le pasa, mi don?
-Yo quiero ver a la gente haciendo lo que tienen que hacer. No vengo de la Capital a pasear ni a ver montes ni animales. ¡Ni a ningún pendejo!
- A propósito, mi jefe, recuerde usted que usted puso a trabajar a unos hombres y no le ha pagado. La última vez eso no quedó muy bien, y aquí la gente no es como en la ciudad. Aquí somos diferentes, y cada hombre tiene sus mañas.
-Hablemos menos. Mira, mira aquel becerro. Ve allá, sácalo de entre los alambres. En eso es que tenemos que estar. ¡Muévelo! No lo hagas esperar que….
-Allá voy, estoy caminando, mi don.
Don Samuel rebuscó con la vista por debajo de su sombrero de alas anchas, tipo vaquero. Y preguntó por la vaca que había perdido la mitad de una oreja. No la vio por ningún lado. Sus dos hijos corrían de un lado a otro. Chepe retornaba de la empalizada, cuando tuvo que devolverse en búsqueda del becerro.
-No lo veo, mi patrón. Quizás está entre los montes. Recuerde que algunos se quedan debajo de cualquier árbol con estas lluvias. Ahorita mismo los veremos, quizás más para adelante o tal vez cuando estemos llegando al sembradío de plátanos.

Don Samuel no dijo nada. Siguió la marcha pero atrajo a sus dos hijos pequeños encaminándolo hacia la siembra de plátanos. Era un buen terreno, cuya propiedad fue de su abuelo, luego de su padre y hoy la disfruta de vez en vez y de cuando en cuando porque su vida transcurre en la Capital, en otros quehaceres.
-Pienso que debemos aumentar el paso hacia el platanal, mi jefe.
Pero el patrón se devolvió y decidió darle la vuelta al corral donde ordeñan las vacas. Miró tranquilamente todo. “Parece que sí, que efectivamente ordeñaron”, pensó. Ahora observó a lo lejos, en dirección a las lomas, porque el cielo seguía muy nublado e impresionaba. “Este será un fin de semana perdido”, comentó para sí. Chepe iba caminando cabizbajo, golpeando con sus pies algunas piedras pequeñitas, quizás jugando. Unas botas de goma le cubrían las piernas hasta las rodillas. Negras, enlodadas.

Allí, la neblina es un manto, esponjas flotantes sobre la vegetación y los animales. Se desdibuja. Gotitas sobre las hojas verdes. Coronitas de agua. La pangola y otras yerbas se extendían a lo largo y ancho de gran parte de la fina, y en dirección a la loma, el sembradío enorme de plátanos, en una tierra de tierno aroma. De mañanita, de tarde, a cualquier hora, aquello era motivo de orgullo de don Samuel, que lo transmitía a sus hijos, siempre atento a dos niños. La madre se quedaba en la casa de la Capital, quizás el campo le era de poco agrado o tal vez otras ocupaciones la entretenían. Dos años ya tenía don Samuel yendo y viniendo. El campo, la Ciudad. Lo urbano, lo rural. Los viernes depositaban melaza en un estanque grande, desde donde la distribuían hacia pequeños depósitos, en los cuales alimentaban a las vacas, privilegiando a las lecheras y a los terneros. Trozos de plátanos, rabizas y hojas de árboles removidos eran dados a los becerros. La mayoría de las vacas eran del tipo cebúes, otras del tipo holstein.

-Dices, Chepe, que los hombres aquellos todavía siguen trabajando en el platanal…
Hacía poco más de un año que don Samuel enfrentó de palabras a tres de sus peones.
-Sí, y recuerde que hay dos a quienes usted le adeuda….
-No, no les debemos. Se les ha pagado.
-Parece que hoy no nos estamos entendiendo bien con esos hombres, mi patrón. No están contentos, y se ven vengativos.
-Ese no es mi problema. No puedo mantener a todo el mundo contento. Aquí no hay fiestas, aquí venimos a trabajar.
-Es el trato, don Samuel. El hablao.
-Bueno, pero unos mandan y otros reciben órdenes. ¿O es que son mujercitas? ¡Qué se dejen de ñoñerías, de pendejadas, porque aquí hablamos bien claro!

Chepe anduvo el camino siempre mirando hacia el suelo. Pateaba cualquier cosa, tal vez buscando en qué entretenerse. O en qué pensar, mientras acompañaba a su jefe. Se mostraba nervioso, inquieto. Pensativo. A pocos pasos, el platanal. Hojas verdes, mojadas, y el aroma a tierra negra sembrada de plátanos. Se le vio en el Bar Apolo, próximo a Sosúa, cuando el sábado entró alegre, con la cerveza bien fría en sus manos. Allí estaban Felipe, Ramón y Papo, los notó tan pronto entró al salón. Sonaba un merengue en la vellonera. Cinco y treinta de la tarde. Una mujer blanca y de baja estatura se le acercó a Chepe, lo abrazó, le quitó la cerveza y tomó un sorbo llevándose la botella a la boca. El hombre la apretó a la mujer por la cintura, mientras élla sonreía y volvía a llevarse la cerveza a su boca. Tras dejarla, Chepe siguió su camino en dirección a los tres hombres a quienes distinguió cuando penetró al bar, y los saludó sin mediar palabras, excepto una señal con el índice de la mano izquierda, y los tres individuos se mostraron complacidos. Y nada más.

-Buenos días, patrón.
-Qué buenos ni qué buenos días, ¿no ven, carajo, esta jodida lluvia?

Dos hombres parecían esperar al patrón en medio entre los plátanos. Lloviznaba, efectivamente, pero sin fuerza. Eran Ramón y Felipe, quienes entraban y salían de la finca. Peones que se peleaban frecuentemente con su Jefe, don Samuel. Y por cualquier cosa. Siempre hay quienes toleran las discordias y negocian las discrepancias, las dejan pasar para que preservar la amistad o las relaciones laborales; y los hay intolerantes. Así es que Ramón y Felipe, ambos, se asemejaban a don Samuel. Cualquier cosa los irritaba, los hacía enfadar. Probablemente no se gustaban, nunca hubo empatía. Y aunque don Samuel era hombre de muchas mujeres, tal vez el cualquier conflicto con sus peones jamás pudo ser el celo, quizás razones económicas, porque los trabajadores visitaban cada sábado los bares y aún en el día del domingo…seguían de bares en bares.

-Y ustedes, si se puede saber, ¿qué buscan por aquí?
Chepe no decía nada, ni mostraba ninguna sorpresa por la presencia de Ramón y Felipe.
-Bueno, mi patrón, a nosotros no nos gusta la forma que usted tiene para hablarnos a ninguna hora. A nosotros nos parece que usted nos insulta. Que usted no nos quiere…

Don Samuel deslizó sus manos por la cintura, cual si algo buscara en el cinto. Siempre porta una pistola, y casualmente la había dejado en la cocina, al lado del plato donde dejó parte de su desayuno. Sus dos hijos medio distraídos, jugaban en su alrededor, cuando de pronto sintió un golpe en su espalda. Fue Chepe quien lo golpeó con un mazo, y sin pensarlo dos veces Felipe desenvainó un cuchillo largo y lo estocó en la boca del estómago de su patrón.
-No lo suelte, coño, se oyó decir a Felipe.

Los niños huyeron, y sólo se les escuchó gritar: ¡Papi!....

Chepe sostenía por detrás a don Samuel y fue cuando Ramón también uso de puñal para empujarlo en el vientre de don Samuel.

-Norma, Norma….

Volvieron a oírse a los niños cuando llamaban a Norma, la mujer que les había servido los huevos revueltos.

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