lunes, 6 de junio de 2011

El cura de la aldea

Angel Barriuso. Con mucho gusto reproduzco el cuento "El cura de la Aldea", de E. O.Garrido Puello, ensayista, narrador, periodista y empresario, que nació en San Juan de la Maguna, al sur de República Dominicana, en 1893. El texto que comparto con ustedes lo he tomado del libro "Cuentistas dle Sur de la isla", publicado por el amigo Edgar Valenzuela. Espero les guste, corresponde al año 1976:
Hacía tiempo que la Parroquia estaba acéfala por el sorpresivo fallecimiento del venerable sacerdote que la servía con ejemplar consagración. A pesar de ser el pueblo un importante centro católico, la Cura tardaba demasiado en llenar el hueco, muy sensible, que había dejado el caritativo y bonbdadoso levita fallecido.
Por fin una mañana la población amaneció alborotada: la noche anterior había llegado un cura. El chismoso que lo vió se encargó de propagar la importante noticia, la cual corrió como un incendio. La curiosidad, quebró la indiferencia y con oficiosidad digna de mejor causa se trasladó con presteza a la casa curial para conocer al nuevo sacerdote, que ya algunos intrusos ponderaban como un portento.
La facha del Cura parecía, de primera intención, agradable y de buena calidad. Blanco, un poco rechonchón, cínico de expresión, estatura regular y bastante joven, recibió a sus nuevos feligreses con cortesía y estudiados gestos de simpatía. Los que se fisgaron entre sotanas y beatas lo encontraron de buen ver y se sugestionaron con u ploanta airoso y distinguido de caballero y sacerdote.
?Qué había detrás de gestos y modales amanerados? Pronto se supo. Lo que había debajo del sayo salió al exterior. Poco después de instalado, todavía sin haber soltado el polvo del otro curato, ya se insinuaba torpemente tratando de manejar las personas influyentes con el deliberado propósito de hacerse líder político. Al Director del preriódico local le ofreció subvención aparentando desinterés: pero dejando ver, de inmediato, sdus solapadas intenciones. Barajó proyectos y procuró inmiscuirse en todos los asuntos domésticos creyendo ese medio fácil para el logro de sus fines: aspiraba a eregirse en cacique del lugar.
A los campesinos, todavía imbuidos en la sencillez de su vida simple y aldeana, los motejaba de soquetes cuando le llevaban primicias, recibiéndolos con gestos despreciativos y algunas veces en envueltos en un poquito de burla. La arrogancia, su mal vivir y su despreocupación en los menesteres del culto iban echando agua sobre la ardorosa catolicidad de sus feligreses. A la fe ardiente y devota la iba sustituyendo la indiferencia. La desgana dejaba vacío el templo.
Desestimando el valor de las personas principales, se quiso adueñar por malas artes de la dirección temporal y espiritual del pueblo. La resistencia a su voluntad reveló una cualidad desconocida: intrigó con las autoridades para dañar a sus opositores.
Su engreimiento enseñó su verdadera fisonomía moral y su ambición las reconditeces de su conciencia llena de nubarrones. Con jactancia, muchas veces expresaba:
-Soy guapo, inteligente y buen mozo. Haré aquí lo que me dé mi real gana. A estos presumidos campesinos me los meteré debajo de la sotana.
La naturaleza lo había dotado de un privilegio: cantaba bien. Sabiendo que se admiraba su voz, ponía voluntad y orgullo cantando las misas como un homenaje y un cumplido a las damas asistentes a la iglesia, a las cuales miraba con desfachatez y lascivia. Su fatuidad no sólo se complacía en alardear de su voz y de su valor; también le gustaba huronear entre faldas y corpiños, contrastando su actitud equívoca con la mensedumbre franciscana y la dignidad de su antecesor. Su donjuanismo lo llevó a ser protagonista de sucios escándalos, de los cuales salía con la sotana manchada y la conciencia arrugada.
Al cura, que por su apellido Medina le venía su presunción de guapo -herencia de algunos crímenes familiares- la duración en la Parroquia y sus entronques, le exacerbaron sus engreimientos hasta provocar choques con funcionarios civiles. Un sábado, el tradicional día más ocupado del poblado, se presentó a la Alcaldía para hacer inscribir actos de su ministerio. El Secretario le informó muy amable y cortésmente, que el Alcalde estaba en audiencia y que de momento no se le podía atender. Se marchó con gesto de contrariedad y rezongando, regresado poco después con exigencias perentorias e invocando el cumplimiento de la Ley. El Alcalde en persona oyó la requisitoria y volviéndose hacia la fatuidad sacerdotal, respondió con todo enérgico:
-La Ley expresa lo que usted está invocando, sí señor; pero no dice en ninguna parte: Alcalde, suspenda la Audiencia para atender al sinvergüenza del Padre Medina.
Ante esta enérgica actitud, el Cura cerró la cola, tomó con desesperada violencia el camino de la retirada, murmurando entre dientes:
-El Alcalde estó hoy de mal genio.

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